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Las Pequeñas Paranoyas de Motagirl

Oporto (días 3 y 4)

Oporto (día 2)

Dado que el día anterior nos habíamos pegado una paliza a andar, este tercer día nos lo planteamos con más relax.

Tras el desayuno hotelero de rigor y sin tirar ningún café (esta vez en un salón interior con mesas más estables que en la terraza), pusimos rumbo a la Catedral (o Seo), situada en la parte más alta de la ciudad (pero a la vez al lado del río -en horizontal, que no en vertical-). Desde allí había buenas vistas del resto de la ciudad. Nos acercamos también al Museo de Arte Sacra y Arqueología, que estaba al lado, pero al ser festivo estaba cerrado.

Vistas desde la catedral Plaza de la catedral 
Panorámica desde la catedral

Desde allí, bajamos hacia el río. La ruta consiste en unas escaleras bastante empinadas que se bifurcan sin señalizar y  a veces se convierten en camino de cabras entre casas medio en ruinas y te hace pensar que te has equivocado de camino pero no: acabas llegando al río. Concretamente, nosotros aparecimos justo bajo el puente de Luis I, una de las construcciones más conocidas de la ciudad, y que une Oporto con Vila Nova de Gaia (la otra orilla, vaya). En Vila Nova de Gaia es donde se encuentran todas las bodegas de vino, una zona conocida como A Ribeira. Para bajar desde la parte alta al río también hay un funicular, pero nosotros no lo usamos.

Puente Luis I Rio Duero

En esta zona hay muchísimos puestecillos de recuerdos y stands para reservar visitas turísticas. Nosotros nos decantamos por un pack que incluía un recorrido de una hora  en uno de estos barquitos (rabelos, utilizados antiguamente para llevar el vino de las bodegas),  un paseo de ida y vuelta en teleférico (en el lado de Vila Nova de Gaia) y una degustación de vinos en una de varias bodegas seleccionadas. El precio, si no recuerdo mal, era de 15 euros por persona  (por separado eran 10 euros el cruzeiro y 8 euros el teleférico, así que compensa)

Rabelo

Rabelo Vistas desde el rio Duero

Rio Duero

El paseo en barco muy entretenido, el barco es super estable y no se nota ningún balanceo (así que la excusa del mareo no es válida para no subirse). En el barco al que subimos, podía elegirse entre montarse en el exterior o sentarse a cubierto. Nosotros nos sentamos fuera para tener mejores vistas, pero fue una hora al sol y acabamos bastante quemados.

Tras el cruzeiro, cruzamos el puente Luis I por la parte de abajo, para dirigirnos a la Ribeira. Esta zona está llena de restaurantes, y entramos a A Taberninha do Manel (que luego resultó ser super conocido). Aquí pedimos un surtido-degustación de vinos de Oporto (el que más nos gustó fue el "white & dry") y un plato que habíamos visto que pedía mucha gente por todas partes: chouriço assado. Como su nombre indica, es un chorizo que te sirven crudo, pero en una bandeja llena de aguardiente para que lo flambees tú a tu gusto en la mesa. El camarero nos sirvió, le prendió fuego y se piró sin decirnos qué hacer con el maldito chorizo. Y ahí estábamos, bebiendo vino con un chorizo on fire entre nosotros, con unas llamas bastante grandes y yo arrinconada contra la pared sin poder alejarme. Muy surrealista. Eso sí, cuando el camarero se apiadó de nosotros y vino a apagar el fuego, el chorizo estaba buenísmo. Lo sirvieron con una especie de pan de higos que resultó estar delicioso (en cada sitio te ponían pan de una manera)

Vinos Chorizo asado

Después fuimos a una de las bodegas incluídas en nuestro pack del cruzeiro, el Espaço Porto Cruz, un edificio de cuatro plantas enteramente dedicado al vino de Oporto. El recorrido se comienza desde arriba, donde hay una terraza-lounge, hasta abajo, donde te sirven la degustación. En las plantas intermedias hay una sala de exposiciones y un restaurante, así que aprovechamos para pedir allí algo de picar para completar la comida. En muchos sitios (y este era uno de ellos) te cobran un par de euros por "el cubierto" (o sea, por sentarte) pero te sirven algo de picar (aquí unas tostas con una especie de paté de picadillo de verduras asadas) y en este caso también una botella de agua. Aquí tomamos un platillo de requesón con compota de calabaza, y un revuelto de verduras con queso. Y por supuesto, más vino. Y más vino luego en la cata. A estas alturas ya íbamos un poco doblaos jeje

Descansamos un rato junto al río antes de dirigirnos a... ¡el teleférico! Sólo diré que a mi las alturas no me gustan mucho, y esto sube a unos 60 metros de altura. Superado el pánico (y el ataque de risa histérica inicial), la experiencia está guay. Lo mejor es que no había mucha gente y Dani y yo pudimos subir en una cabina sin más personas.

Vistas desde el teleférico  Vistas desde el teleférico

El teleférico te deja en la parte de arriba del puente de Luis I. Aunque teníamos comprada ida y vuelta, hicimos sólo la ida para ahorrarnos caminar todo el trecho que ya habíamos recorrido en teleférico. Y ya que antes habíamos cruzado de Oporto a Vila Nova de Gaia por la parte de abajo del puente (por donde también pueden pasar los coches), para volver lo hicimos por la parte superior (por donde pasan los trenes). Con, por supuesto, otra ración de vértigo y vistas impresionantes.

Puente Luis I desde Vila Nova de Gaia

Duero desde el puente Luis I

Desde el puente, aprovechamos para visitarla estación de São Bento.

Estación de São Bento Estación de São Bento

Desde allí caminamos de nuevo hasta los pies de la Torre dos Clerigos, donde Dani había fichado ya una confitería. Aquí nos tomamos unos cafés y unos bollitos (de los infinitos tipos que hay), que nos sorprendió por el precio (apenas 3 euros en la parte más turística de la ciudad)

Cafe y pastelitos

Después fuimos a descansar un rato al hotel, y luego, a cenar. Fuimos a un sitio llamado Sins que sólo hacía bocadillos y hamburguesas. Dani tomó un bocadillo de pollo con una pinta increíble, y yo una hamburguesa de queso azul con cebolla caramelizada que era simplemente perfecta. Además de que la comida era deliciosa y se notaba el mimo en cada detalle, la camarera fue muy amable  y el sitio era muy bonito. Un 12/10 y, tras conocer a los aliens que vivían a lado del hotel, a dormir que ya era tarde.

Aliens!

Al día siguiente, nuestro vuelo salía a las 17.45, así que el día no daba para mucho. Simplemente callejeamos un poco con las maletas, y fuimos a una tienda que me había enamorado tras verla la noche anterior, ya cerrada: The Portuguese Cock. El chico de la tienda se dedica a decorar figuritas de escayola típicas de Oporto y de Portugal (gallos, sardinas, golondrinas, nuestras señoras de Fátima, santos Antonios, belenes...). Para darles un toque, digamos, moderno (desde pintarlos con la bandera del orgullo gay hasta hacer belenes de super héroes). Nosotros compramos una golondrina (no puedo evitarlo, me  encantan) y un gallo con los azulejos de la estación de São Bento.

Continuamos con nuestro paseo espontáneo, visitando algunos mercadillos de antiguedades y segunda mano que había por la zona (Rua das Oliveiras).

Rua General Silveira

Desde ahí volvimos a la zona de la universidad, donde nos tomamos una última francesinha en el Piolho antes de poner rumbo a España.

Edificio Francesinhas

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